A la mañana en el campo, daban vuelta la tierra y la tierra a veces les daba, y otras veces les negaba; y no por esa negación, le daban vuelta la cara. Al contrario: sus manos callosas y pies endurecidos se empeñaban en ella. Y fue asi que su pecho y sus muñecas se hiceron fuertes.
Al mediodía los hombres, con el sudor en la frente, se amesonaban y las mujeres tenían ya preparado el almuezo. Esas mujeres del campo ¡Cómo luchaban! Eran montones de ropa lavada con agua traída en cántaros y chicos colgando del delantal que pedían comida... y las manos de la cocina no se despegaban nunca!
Pero empeoraba la cosa cuando el campo se encaprichaba y por orgullo de la tierra no daba nada.
Entonces el hambre empezaba a instalarse...
La ríspida desolación del invierno azotaba el granero vacío, ni pan ni comida había por ningún lado... En todos los tramos del camino los rostros de la gente resentida se cubrían de arrugas... (Las penas sucesivas dejan su curso en el dibujo del rostro, los ojos se hacen profundos y las mejillas se esconden, la dureza del corazón le da matiz de amargura) La ternura del amor es lo único que endulza, más cuando el hambre se ha tornado prolongada... los sentidos se marchitan y el campo es todo uno con los estomagos vacíos.
La ruda comisura de los labios de esa gente, cuya vida transcurre al compás de la esperanza, recuerdan los cuadros europeos de la guerra, denuncias colectivas acalladas en trozos de papel cualquiera y letras mudas de diarios escondidos.
Carmin 2008