Afirmo que se puede pasar del amor al odio mentira de por medio y luego, a una profunda indiferencia.
Promediaba octubre de 2006 aquí y en cualquier otro punto del globo -excepto en aquellos que tiene calendario distinto-. Camino del trabajo con mi compañera y amiga Maria nos detenemos en la puerta del correo deslumbradas ante una imponente “Africa Twin”. De quien seria tamaña motocicleta -pensábamos las dos- y, mientras hacíamos tal pregunta vemos que sale del correo la encarnación de un ángel. Digo un Ángel por lo rubio, lo esbelto, lo alto, lo delgado, lo risueño; digo un ángel, por la luz de la mirada, por la paz de la sonrisa, y por la aparente transparencia de sus alas invisibles.
Obnubiladas por semejante belleza aguardamos su atención sin disimulo y por suerte o por desgracia la captamos; la voz dulce del extranjero creo que preguntó “les gusta?” Pero no en un tono arrogante sino con una sencillez resuelta que no levantaba sospechas de nada. Y al unísono afirmamos “que si, que nos gustaba” y que no solo nos gustaba, jeje, sino que mucho mas que eso! Y la pregunta de rigor de donde eres y la respuesta algo confusa de sus labios y las demás frases de una conversación alegre, mas todos los intervalos de una música lenta, a la vez que embelesante como los diablos. Acto seguido el ángel me mira a los ojos y con decir que eran dos panales de abeja no se si alcanzo a describir el color miel de su dulzura, pero de todos modos me mira y me da su numero de teléfono. A lo que se monta en su asombroso rodado y se marcha contacto y promesa de por medio.
En este punto debo confesar algo de María: cuando el extranjero se hubo marchado, ella me puso contra la pared literalmente y me acogoto con sus dos manitos para sacar de las mías el papel con su teléfono; en ese entonces pudo ser una gracia, pero lo cierto es que el sembraba con su charme la locura y, no sólo parecía colmar toda expectativa, sino también ampliamente superarla. Puedo confesar también que me resistí al ataque y que me costó muy caro. Pero llegamos a un acuerdo que creímos lo mas justo: era a mi a quien el le había dado el numero, de manera que el contacto debía efectuarlo yo; sin embargo, cuando se concretase la cena que habíamos planeado, dejaríamos que el elija su preferida, ya que éramos dos las víctimas de su embrujo.
Mensajes de por medio, una noche el austriaco, vino a casa. Trajo una botella de vino postales del fin del mundo. Yo había hecho la comida, como era invierno todas las estufas estaban encendidas. Yo baje del altillo mi arsenal de poesías y se las fui leyendo de a poco, mientras mi amiga se marchaba; esta vez la fortuna – me dije- había hecho buenas migas conmigo. George estaba fascinado, y yo enamorada.
Su luz enceguecía, me miraba extasiado. Yo lo amaba y, -si bien no por mucho tiempo- mucho en ese momento.
Después de aquella noche hubo una segunda velada, esta vez, en la casa de Maria, que oficiaba de anfitriona. El había traído chorizos porque, como todo extranjero, estaba fascinado con la parrilla. Prendimos el fuego en el fondo, charlamos de un montón de cosas, hasta que le pregunte si tenia familia allá de donde venia y me contesto que no. “Y eres solo?” -Libre, como el viento- me dijo. Cuando fuimos a poner los chorizos en el fuego descubrimos que estaban podridos. George se indigno con el carnicero, yo, en cambio pensé “la carne podrida es mal presagio”.
Después cenamos y algo embriagados, cuando se iba, me tomo de las manos y me miro fijo, sentí como una electricidad me recorría hasta el alma; el también. Sellamos el pacto. Me imagine en las cumbres mas altas de la energía, con el al lado, éramos uno.
La tercera ocasión salimos solos, paseamos por toda zona norte, fuimos a Perú Beach a tomar algo, el estaba raro, con la actitud del que algo esconde.
Ahí pude ver el rollo, lo que se empeñaba en ocultar. Lo indague, lo persuadí, lo presione. Finalmente me entrego, tan solo, la punta del ovillo. Tenia una historia… no era ya –el de la noche anterior- libre como el viento. Se trataba de una pareja con la cual, obviamente, no estaba bien.
Punto y aparte.
Después de esa conversación en la cual el ya no hablaba tan bien el castellano y yo tampoco el ingles, nos subimos a la moto y buscamos un hotel, pero no un albergue transitorio, sino un hotel de pasajeros, claro, para que dos almas tan puras como las nuestras se pudieran unir. Estábamos tan agobiados por su noticia que no encontramos uno, y finalmente me llevo hasta la casa de Maria, donde consternada pase una noche amarga.
Nos vimos una vez más creo. Y se marcho. Había venido a hacer un curso de aviación para piloto de líneas comerciales, porque aquí era mas barato. Mentir también es mas barato en otro idioma.
Luego hubieron una serie de correos promisorios según los cuales el volvería pronto, traído por la fugacidad de un sueño, cuando menos lo esperase. Hubieron muchas ilusiones de mi parte y de parte de el… no tengo idea.
Al tiempo esta fruta jugosa acabo siendo un orejón, el ultimo del tarro. Y algo mas tarde ya no me importaba, no tenia gusto a nada. Solo me quede con la extraña sensación de preferir que aquella tarde, la del correo, mi amiga me hubiese quitado de las manos su teléfono, su contacto, sus alas de ángel que eran un infierno.
2010